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Parte I: Petróleo y Energías Renovables
(Eduardo Martínez, www.tendencias21.net)
John V. Mitchell, autor en el año 2000 de La nueva economía
del petróleo, reaparece ahora con un informe publicado por
la Chatham House, en el que señala que el aumento de los precios
del petróleo facilitará el desarrollo de las energías
renovables y animará a los consumidores a buscar soluciones
energéticas alternativas. El ensayo se pregunta si las grandes
compañías petrolíferas han consensuado ya la muerte
paulatina de los combustibles fósiles y si serán finalmente
nuestros impuestos los que financien la transición energética.
Una transición que se hace inaplazable no sólo por el
previsible agotamiento del petróleo, sino por la multiplicación
de las evidencias del impacto humano sobre el medioambiente, siendo
la última el descubrimiento de sedimentos de plomo en un volcán
marino del Mediterráneo (primera constatación de la contaminación
terrestre sobre los sistemas hidrotermales naturales).
Parte II: Energía y Teoría de Juegos
(Alfredo González Colunga, www.tendencias21.net)
La energía no tiene únicamente un "valor objetivo"
en julios, o en calorías. Para cada animal, para cada uno de
nosotros, para cada empresa, el valor de cada energía consumida
es, sobre todo, el valor de una oportunidad para consumir más
energía futura. Si hoy me alimento, ese alimento no tiene
sólo el valor energético que representa en calorías,
sino también el de todas las futuras comidas que me permitirá
obtener.
En otras palabras: cada uno de nosotros proyecta
sobre la energía disponible restante una sombra correspondiente
a nuestras necesidades energéticas futuras. Una especie de cono
creciente porque, si todo va bien, creceremos y nos multiplicaremos,
y así nuestras necesidades energéticas y las de nuestros
descendientes (con sus propios conos de necesidad energética
futura) también crecerán.
Sucede que si esas sombras se proyectan
sobre un horizonte con apariencia de disponibilidad energética
ilimitada, una especie de esfera con un radio realmente enorme, tan
grande que aún no haya sido localizado, pueden convivir. Es decir,
si hablamos de carne de pollo, y consideramos que podemos producir tanta
como necesitemos, entonces no hay problema.
Las sombras de las necesidades energéticas
futuras de los distintos productores de pollos son compatibles. Será
el consumidor quien decida qué pollo comprará, y la
eficiencia triunfará. En esta idea se fundan las diferentes
teorías liberales, o neoliberales.
Pero si las sombras de la necesidad energética futura de los
distintos agentes se proyectan sobre un horizonte energético
de unas dimensiones conocidas, una esfera cuyo radio sabemos que
no va a crecer, la proyección de esas sombras sobre la esfera
comienzan a solaparse. Y cada solapamiento significará, antes
o después, un "ó tú, ó yo".
Juegos de Suma no Nula
No es difícil distinguir entre productos
que, al menos en apariencia, pueden obtenerse ilimitadamente, y otros
que no. Son casos diferentes la carne de pollo y el petróleo.
La carne de pollo se regenera. Podemos, en apariencia, producir tanta
como necesitemos. El petróleo no.
En la Teoría de Juegos hay un nombre
para cada cosa, un nombre para los pollos y otro para el petróleo.
En el período comprendido entre 1945 y 1970 los descubrimientos
de nuevos yacimientos eran constantes. El petróleo existente
en el mundo, obviamente, era limitado, pero esa es una visión
omnisciente que no tenía efectos, puesto que para cada uno de
los agentes que participaban en el proceso lo único importante
es que en apariencia su disponibilidad era creciente.
Mientras el petróleo parecía
inacabable, los Jugadores, incluso los más pequeños, podían
llegar, siempre que fueran eficientes, a acuerdos del tipo "yo
me quedo con estos nuevos yacimientos, tú con aquellos",
"yo seguiré explotando por aquí, tu por allá",
con posibles incrementos futuros del consumo para los diferentes competidores.
Se denomina a estas situaciones "Juegos
de Suma no Nula", es decir, aquellos en las cuales ambos contendientes
pueden salir beneficiados. En este caso, como en el descrito de los
productores de pollo, sí, las reglas neoliberales tienen sentido.
Juego de Suma Cero
Pero hacia el año 1970 la situación
cambió. La formación del cártel del petróleo
en 1973 fue la manifestación evidente de que en el mundo se había
instalado la percepción de que los recursos petrolíferos
eran limitados. Y si se han encontrado los límites del objeto
de competencia, entonces lo que yo aspire a consumir de más en
el futuro será, necesariamente, algo que dejes de consumir tú.
Si yo gano, tú pierdes. También la Teoría de
Juegos tiene un nombre para esto. El Juego se habrá convertido
en un Juego de Suma Cero.
Imaginemos que en el mercado del petróleo
quedan diez empresas. Y un millón (o mil) de barriles por vender.
Si cada empresa ya tiene asignados, aproximadamente, los barriles que
puede vender, las reglas del juego cambiarán radicalmente, y
pasarán a ser: cada empresa, si quiere crecer, no ha de ser
más o menos eficiente. Esto pasa a ser, dentro de unos márgenes
razonables, irrelevante, porque una empresa más eficiente aumentará
sus beneficios pero no crecerá (si acaso, al contrario),
porque el número de barriles que le quedan por extraer no crece.
Al contrario: a mayor eficiencia en la extracción, menores
reservas por explotar.
Así que una nueva regla se instala
entre los competidores: si quiere crecer, una empresa deberá
adquirir un rival. Todas las empresas quieren crecer. Es su razón
de ser. Así que todas tratarán de adquirir a otros rivales.
Si alguna no lo hace, peor para ella.
La mejor estrategia para cada empresa, y
por tanto la estrategia prioritaria, será - o debería
ser - la de absorber empresas más pequeñas con
la intención de alcanzar un tamaño tal que le permita,
posteriormente, absorber empresas que son, en ese momento, de mayor
tamaño. Y esto antes de que lo hagan las demás.
La empresa más pequeña, salvo que comience rápidamente
un proceso de fusiones, no tendrá ninguna oportunidad de supervivencia,
independientemente de su eficiencia o de su rentabilidad.
Juego de tamaños
Así que el juego deja de ser de eficiencias, y pasa a ser de
tamaños. Y de velocidad, lo que conduce a una aceleración
del proceso. Y aún una cosa más: la mejor estrategia para
cada empresa, una vez descubiertos los límites en la disponibilidad
del objeto de competencia, es idéntica, queden reservas para
20 años o para 100.
La definición misma de beneficio ha cambiado. Mientras el petróleo
parecía inagotable beneficio suficiente era una diferencia entre
ingresos y gastos que permitiese mantener la estructura de cada empresa.
Que permitiese, en suma, su "saneado crecimiento".
Ahora beneficio suficiente será
adquirir un tamaño tal que impida la absorción
por otros. No hay reglas de juego justas, no hay sana competencia
por la eficiencia y, desde luego, no hay posibilidad de elección,
ni beneficio, por parte del consumidor.
Tamaño y competitividad
El tamaño, y no la eficiencia, ha
pasado a ser el motor de la competencia. La empresa que se concentre
en la eficiencia, en el buen servicio, podrá ser competitiva,
pero si no tiene el tamaño suficiente será
eliminada.
Para colmo de males el proceso, que comienza
con el petróleo, se extiende como una mancha de aceite por todos
los procesos productivos. La limitación energética limita,
a su vez, nuestra definición de materias primas, que no
son otra cosa que las materias que necesitamos en los procesos productivos...
y que cumplan la condición de ser accesibles en función
de la energía disponible.
La aparición de una limitación
en la disponibilidad energética significa una limitación
en nuestra valoración de la disponibilidad de materias primas,
por lo que estas -y sucesivamente sus derivados, etc- entran también
en Juegos de Suma Cero.
Recapitulemos: una vez descubierta una limitaciónen
la disponibilidad de la fuente de energía, las variables económicas
principales son tamaño y velocidad de absorción.
Y no son eficiencia empresarial o beneficios para el consumidor.
Una vez descubierta la limitación en la disponibilidad de la
fuente energética, el liberalismo económico deja de funcionar.
El proceso es crecientemente acelerado,
al ser de Suma Nula aboca al enfrentamiento, y es por completo independiente
de si aún queda petróleo para diez o para doscientos años.
¿Le van bien las cosas
a los dueños del petróleo?
El dueño del petróleo, por su parte, tiene sus propios
problemas. Poseer petróleo o gas es algo muy distinto a poseer
una fábrica, o unos terrenos para cultivar, o una ganadería.
Si usted es dueño de una fábrica de barquillos o trabaja
en ella le gustará pensar que, si se esmera, obtendrá
ingresos y podrá seguir fabricando y vendiendo. Si trabaja un
campo podrá, si dispone de los beneficios suficientes, invertir
una parte de ellos en tecnología para producir más.
Una central eléctrica de cualquier tipo, incluso una que funcione
con gas, está concebida como la inversión de una empresa,
de la que se espera rentabilidad suficiente para erigir, en el futuro,
nuevas centrales, estén basadas en el mismo o en otros procesos.
Pero el petróleo, simplemente,
se gasta. Como no se regenera su dueño se encuentra sentado
sobre una montaña de posibles beneficios y, no importa si dispone
de reservas para cinco o cincuenta años, sometido a tensiones
permanentes.
Cuanto más abre el grifo para vender,
más gana, pero la montaña también disminuye
más rápido. Si, a imitación de sus colegas
empresarios, invierte en su negocio para vender más, gana más
también, pero la montaña disminuye aún más
rápido.
Si uno se pone en el lugar del dueño
del petróleo observa que hay otros ofreciendo el mismo producto.
Si los precios suben, ¿por qué no mejor guardar por
el momento y vender más tarde... ?
Paradoja energética
Todavía más paradójico
aún: poseer petróleo y venderlo a cambio de dólares
o euros es un proceso enfrentado a una contradicción incluso
mayor en un mundo que, sin el petróleo, es inviable: o bien el
petróleo no es sustituido, y por lo tanto cuando el petróleo
se acabe el dinero obtenido no valdrá nada, porque no habrá
energía -¡petróleo!- con qué gastarlo, o
bien, en algún momento, el negocio será sustituido por
otro.
Usted no piensa en ello, pero el dueño
del petróleo sí. El negocio del petróleo, a diferencia
del de los pollos, se acabará más pronto que tarde. Su
dueño sabe que el negocio del petróleo no tiene futuro.
Y esto lo convierte en un negocio singular
porque ¿en qué se basa la configuración de las
economías occidentales, la potencia de sus planificaciones, de
sus leyes, de sus acuerdos laborales? Precisamente en la confianza
en el futuro. Si una empresa pacta con un sindicato es sobre la
base de que habrá un futuro, una continuidad. Si no fuese a cambio
de futuro, ¿qué clase de pacto sería posible? A
más incierto el futuro, más difíciles los pactos.
Resulta evidente que si a un fabricante
de embutidos le va bien podrá abrir nuevas fábricas, y
llegar a acuerdos con sus empleados. Pero si sabe que no tiene maquinaria
para seguir produciendo, y que le quedan tres o trescientas toneladas
de embutidos por vender antes de cerrar, todas sus cuentas irán
dirigidas a reducir los gastos. Estará en otra fase: o para ti,
o para mí.
Cuando una empresa va a cerrar, las reglas
del juego cambian. Y las empresas petroleras son, por definición,
"una empresa permanentemente a punto de cerrar". ¿Les
va bien las cosas a los amos del petróleo? ¡Que me pongan
en su lugar!, pensaremos. Intentémoslo por un momento: cuando
uno dice que le va bien, es que le va bien... y espera que mañana
le vaya al menos igual de bien, y si puede ser mejor. Si no, nadie
dice que le va bien. Incluso sentado sobre una montaña de
petróleo.
Exigir energía por energía
Simplificando podemos decir que a día de hoy hay dos grandes
grupos en el terreno de la energía. Por un lado están
los dueños de la energía de hoy, por otro los constructores
-y presuntamente dueños- de la energía de mañana.
El dueño de la energía de hoy observa con evidente desconfianza
las energías del mañana, que no le pertenecen. A la mínima
oportunidad destejerá por las noches lo que en ese terreno otros
tejen durante el día.
Los constructores de energía futura, ni más tontos ni
más listos que el dueño del petróleo, saben de
sus maniobras. Pero callan porque, hoy, necesitan de esa energía
para sobrevivir.
¿Qué falta entonces? Si mientras Europa y Japón
investigan en energías alternativas se pretende negar a los productores
de petróleo el desarrollo de centrales nucleares, oportunidades
de futuro, se les está mandando un mensaje nítido:
provéenos de petróleo hoy, come arena mañana.
A este respecto, no es en absoluto azaroso
que el ejército más poderos del planeta esté
controlado por un conglomerado de intereses petrolíferos
que son, sin ninguna duda, por su estrategia de intento de control de
las reservas energéticas existentes -estrategias abocadas al
conflicto- el mayor y más inmediato peligro para la humanidad.
Su única deuda es interna, referida
a su electorado, pero es el sobrino de sus socios saudíes
el encargado de alimentar y administrar el patriotismo que los sostiene.
El descaro del proceso asombra: el hijo de un presidente de Estados
Unidos y asesor del más grande conglomerado petrolero y militar,
Hallyburton, es el presidente de
Estados Unidos, y su hermano el presidente de un estado, Florida,
donde acostumbran a decidirse las elecciones.
Visión de conjunto
Imaginemos por un momento a dos hijos de
Felipe González, uno como flamante presidente del gobierno español,
y el otro de la comunidad autónoma andaluza. ¿Democracia?
No es difícil entender su lógica. Si nosotros hemos disfrutado
hoy de una buena comida aunque mil millones de personas vivan en la
pobreza... ¿qué les impide a ellos seguir disfrutando
si son cinco mil?
Por su parte, los productores de petróleo
tratan, cada uno por su lado, de desarrollar energías alternativas,
pero es un esfuerzo aislado e irrazonable, sin perspectivas reales,
pues por un lado sufren y sufrirán la presión permanente
de este conglomerado, y por otro son los países más desarrollados
los que disponen de las tecnologías más avanzadas, los
dueños de la energía futura.
Falta una visión de conjunto: si
además de dinero el poseedor de petróleo obtuviese una
participación en la explotación de energías futuras,
el dueño del negocio del petróleo se asegurará
de que su negocio tenga fecha de caducidad: tendrá futuro. Y
falta, también, una mínima visión de futuro de
los responsables de aquellos países -léase Europa y Japón-
que, en las actuales circunstancias, sólo pueden perder porque,
como decía uno de los protagonistas de la película Siryana
-por supuesto un magnate del petróleo-, "Hay muchas formas
de iluminar Europa".
La coartada utilizada es el Neoliberalismo,
pero como espero haya quedado demostrado al comienzo de este artículo
-y ruego a quien considere ese razonamiento erróneo que tenga
a bien decir por qué- las reglas Neoliberales
dejan de ser aplicables en el momento en que aparece una limitación
energética.
Y sin embargo la solución
existe
Los países y las empresas poseedores
de combustibles fósiles deberían exigir de forma conjunta
a los países tecnológicamente más avanzados, y
estos ofrecerles, un porcentaje en las fuentes de energía futuras.
Una cuota suficiente que asegure que, al menos, no perderán cuando
la transición energética llegue. Una cuota en la investigación,
en el desarrollo, en la producción comercial y en la distribución
de esas energías. A cambio, deberían ofrecer un precio
pactado por la energía presente, un precio razonable y sostenido
durante los próximos, digamos, veinte años.
Esta es la única forma de mantener
el desarrollo actual: pactos por el precio del petróleo a veinte
o treinta años, garantizando a los países productores
una continuidad futura de sus ingresos.
Por el mero hecho azaroso de que mi país,
o mi empresa, posean petróleo, ¿tengo derecho a asegurarme
una parte en los negocios futuros de energía? Si puedo exigirlo,
claro que sí. Y con plazos. ¿Cuándo va a funcionar
el ITER? Si me dices
para cuándo estará, y me ofreces una parte, entonces acordaremos
precios y yo te suministro. Sin problema, porque a mí también
me interesará que ese día llegue pero quiero, claramente,
una participación en el desarrollo de esa energía futura
y un porcentaje en los beneficios. Sólo de esta manera yo, un
productor, podré garantizar mi propio futuro.
Se habla en ocasiones de "la maldición
de los países productores", controlados por castas impermeables
a la democracia. Pero es que la democracia tiene dos requisitos imprescindibles.
El primero es un mínimo nivel de
riqueza. Si los ciudadanos dependen para sobrevivir de la generosidad
de sus gobernantes no son ciudadanos, sino súbditos.
El segundo es la existencia de futuro: yo
te cedo el poder, pero sé que en cuatro años tendré
la oportunidad de recuperarlo, y lo mismo te sucederá a ti. Si
no hay futuro, jamás renunciaré a él... y hemos
visto que el negocio del petróleo, a día de hoy, no tiene
futuro.
¿Cuántas alternativas?
¿De cuántas alternativas energéticas
a medio plazo dispone la humanidad? ¿Una, dos, cincuenta? Si
yo fuese el dueño del petróleo exigiría un porcentaje
en cada una de ellas.
Si los productores de energía de
ahora encuentran garantizado una parte de ese pastel, todos miraremos
el futuro de otra manera. En vez de temerle, desearemos que llegue.
Sin duda el pacto es complejo, y habrá de enfrentarse a enormes
intereses. Pero beneficia al menos a los productores de hoy, a quienes
les ofrece futuro, y a los del mañana, a aquellos que no disponen
de energía presente. El objetivo, claro: establecer un estado
de cosas que permita competir por el uso de la energía, no por
su posesión.
Conviene recordarlo de nuevo: una vez localizados
los límites energéticos desaparece la competencia y sólo
queda el tamaño, la absorción de la competencia, en un
proceso cada vez más acelerado y abocado al enfrentamiento.
Podríamos además definir el
proceso, al menos teóricamente, como geométricamente decreciente,
con tendencia a la unidad [Monopolios]. Ese
enfrentamiento está más próximo de lo que parece.
Juguemos a los números: si en 1973
hubiese un productor de petróleo por cada habitante de la tierra,
digamos seis mil millones de productores, y todos los años dos
productores se fusionasen... ¿cuántos años creen
que tardaría toda la producción mundial en concentrarse
en un único dueño? Exactamente 33. Para 2006 sólo
existiría un único productor. Aunque antes, claro,
habría estallado el conflicto por el control de esa producción.
Desde el momento en que apareció
una limitación energética, el neoliberalismo, entendido
como el mercado entregado a su propia inercia, se ha convertido
en un juego de suma cero, una espada de Damocles que pende de un hilo
cada vez más fino. El futuro de todos depende de unos pocos líderes
políticos que comprendan el desafío y lo afronten.
Desde luego, el problema
no desaparecerá simplemente negando su existencia.
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